Pablo Amadei – Consigna 4
Facebook: yo no quiero tener un millón de amigos
“Yo quiero tener un millón de amigos, y así más fuerte poder chatear” podría cantar un eufórico Roberto Carlos desde su Facebook. Imaginemos la escena: una competencia feroz entre el cantante y una multinacional, de esas bien multi, poderosas, arrogantes, luchando por ver quien llega primero al millón de visitantes / amigos. Un contador de visitas frenético y el señor Guinnes listo para registrar un nuevo record. Las redes sociales están aquí, entre nosotros. Llegaron ¿para quedarse? Resulta difícil aventurar una respuesta dada la fugacidad y vertiginosidad con que suceden las cosas en Internet. Sino, que lo digan los usuarios de Second life que supo tener millones de adeptos viviendo una vida paralela y hoy apenas si quedan un puñado de resistentes, mucho menor de lo que cualquiera pudiera prever en pleno apogeo.
Lo confieso, no quiero ser como Roberto Carlos. Ni canto como él ni quiero tener la extravagancia de un millón de amigos. Ni quiero ni pasarle cerca de esa cifra, incluso. Llegué a Facebook por otros que me comentaron sus potencialidades. Mitad curiosidad y mitad para probar. Quería encontrar a una vieja novia y a mis viejos amigos de la universidad. Con los segundos tuve algo de éxito, aparecieron algunos y otros que ni siquiera sabía que habían hecho Comunicación Social conmigo. Con la novia no tuve la misma suerte. Y soy muy bruto para estas cosas o no es tan fácil como me prometieron.
De Facebook me asusta ese principio de la regla “los amigos de mis amigos son mis amigos” desde el momento en que pueden vincularse personas en principios desconocidas pero que comparten amistades en común. Reniego bastante de algunas amistades de mis amigos como para encima tenerlos que ver en mi Facebook. Si Internet, desde sus comienzos, posibilitó la capacidad de conectar distintos puntos de información, las redes sociales trasladan ese principio a las relaciones interpersonales. Todo a una velocidad sorprendente, agregar a alguien a una lista es solo cuestión de segundos y conocer algo de su vida apenas un par de minutos. “Lo más importante, sin embargo, es la dimensión viral del sistema. ‘Cuando un amigo agrega una aplicación aparece en su página y en su perfil. Cliquear lleva a la aplicación y permite interactuar directamente con ella’, subraya Michael Arrington en TechCrunch. Todos los amigos ven la elección y la consideran como un voto a favor lo cual los alienta a probarla ellos también.”, podemos leer en un artículo del el diario El País de Madrid.
La participación en las redes sociales crece día a día, con comunidades cada vez más grandes. El “Te llamo” de hace una década fue sustituido por el “te mando un mensaje”, que a su vez pierde frente al “Te agrego a mi Facebook y nos escribimos”. No me interesa demasiado saber qué está haciendo cierta gente en todo momento del día. Soy antiguo, lo confieso. Soy de los que todavía se emociona escuchando a las personas. Me abruma saber que ahora todo pasa por escribir mensajes, subir fotos y etiquetar personas. Las redes sociales son, para muchos, un mundo nuevo con reglas propias. Amistades reales o amistades virtuales, en las redes sociales la relación virtual / real parece tener un ida y vuelta bastante complejo. La distinción entre virtual y real entra rápidamente en colapso puesto que en las redes sociales la brecha entre lo virtual y lo real se esfuma. Porque, en definitiva, que es la vida sino el relato de lo vivido.
Dice Diego Levis en La Pantalla ubicua que “las computadoras son dispositivos a través de los cuales nos aproximamos a la realidad” por lo que podría decirse que los mensajes instantáneos, el perfil cargado o cada uno de los dispositivos utilizados en las redes sociales no son más representaciones de la realidad que cada uno construye. La dicotomía verdad / mentira queda a un margen y no hace mas que confirmar que todo relato en las redes sociales es real hasta que se demuestre lo contrario.
Las nuevas tecnologías no solo sirven para reproducir la realidad sino para producirla. Nadie puede negar que en el mundo virtual las cosas existen al menos como concepto. Si en el mundo real las cosas nos exceden y suelen no depender de nosotros, en la Web existe un mundo inmaterial en el que podemos crear una pintura de nuestra vida, lo que Tomás Maldonado define como “verismo”.
El propio Maldonado en Lo real y lo virtual analiza el modo en que las tecnologías han contribuido a una construcción socio histórica del cuerpo humano, y especialmente cómo las tecnologías digitales intervienen en la construcción del cuerpo humano del presente. En este camino, podría afirmarse que en las redes sociales la artificialización del cuerpo es un hecho innegable, moldeado a la medida de cada uno, compartiendo un espacio social aséptico, aunque un “todavía algún ingenuo tardío se apoya en el chiste canónico de que en Internet nadie sabe que somos un perro”, como diría Piscitelli en uno de sus post.
